Schwijol

*Publicado originalmente en Engawa #10 [ago-2012]
g.carabí

Proemio

La acumulación dispersa de objetos es siempre —o casi— una actividad que tiene que ver, paradójicamente, con el orden: un orden interno del sujeto que establece que es esa acumulación, y no otra, la que responde a unas necesidades ya sean tangibles —funcionales, adaptativas— o intangibles —emotivas, sentimentales, metafóricas. En cualquiera de los dos casos, acumular —juntar, amontonar— presupone una idea de ocupación que suma, al espacio utilizado, el valor de cada uno de los objetos amontonados.

La lista de autores que han hecho de la acumulación una experiencia estética es larga pero quiero referirme únicamente a dos de ellos que por formación, cultura y geografía se hallarían, aparentemente, en esquinas opuestas: Kurt Schwitters y Josep M. Jujol.

Schwitters / Jujol

Schwitters, cuya obra discurre en paralelo al movimiento dadá, trabaja durante los años veinte del siglo pasado en collages realizados a partir de pequeños objetos usados como billetes de tranvía, sellos u otras cosas recogidas de la calle, pequeñas y fáciles de llevar en los bolsillos. Pero a partir de 1923 y hasta 1933 se dedica de manera intensa —y casi exclusiva— a la Merzbau, una construcción en el interior de su estudio en Hannover que crece, día a día, a modo de collage sin fin.

Merzbau, 1930

Jujol, arquitecto formado en la Escuela de Arquitectura de Barcelona cuando ésta se debatía entre el uso indiscriminado de los históricos lenguajes de la arquitectura, y la recuperación de los oficios medievales, vivía sus primeras experiencias con el collage, junto a Gaudí, durante algunos episodios de la construcción del Park Güell; en 1918 elabora ya, de forma autónoma y en el Camp de Tarragona, uno de los episodios más celebrados de concomitancia ente el arte y la arquitectura de principios de siglo: la cubierta piramidal que cierra la torre de la escalera de la reforma de Casa Bofarull.

Imagen actual cubierta Casa Bofarull

Schwitters reconocerá en cada uno de los objetos dejados por los escombros y la ruina de la Gran Guerra del 14 la materia prima que le permite crear[1]. Jujol también recreará el mundo a partir de los desperdicios; su misión, redimir esos mismos desechos, animándolos y haciéndolos brillar de nuevo[2].

De naturaleza expansiva, la Merzbau se conformaba a partir de espacios que cambiaban permanentemente y que incorporaban, en sus cavernas, objetos propiedad de amigos suyos como Arp, Doesburg, El Lissitzky o Mies van der Rohe entre otros: cada objeto se situaba en la caverna que Schwitters le dedicaba. En sus inicios, la Merzbau tenía la apariencia visual de una colección de cosas colocadas unas encima de otras, pero su fisonomía variaba día a día con la agregación de nuevos objetos usados y la superposición de cavernas cuya geometría evolucionaba constantemente. En la Merzbau convivirán materiales tan dispares como una viga, yeso, corsés de señora y juguetes infantiles.

Columna Merz en la Merzbau

Jujol incrustará, en la cubierta piramidal, vajilla, piedras, un gato de porcelana y un porrón. Todos objetos de un tamaño similar: suficientemente pequeños como para ser transportados sin dificultad hasta la cubierta pero lo bastante grandes como para ser visibles desde la calle. Su procedencia es de fácil identificación: objetos habituales en el conjunto de utensilios propios de una casa, seguramente con destino a la bolsa de los deshechos y residuos pero con un alto valor de memoria doméstica: el gato que adornaba el mueble, las tazas del desayuno utilizadas recientemente, la loza que formaba parte hasta su degradación del ajuar doméstico, los jarroncitos de vidrio que han sido ya remplazados, o los tazones de cerámica cuyos bordes reclaman una sustitución inmediata.

Imagen actual detalles objetos incrustados cubierta Casa Bofarull

Final

Si la Merzbau de Schwitters pone de manifiesto una manera de trabajar, un proceso inacabado que va sumando acumulaciones en el que cada operación se superpone a la siguiente convertidas en una reverberación ad infinitum del paso precedente, la cubierta de Casa Bofarull asume asimismo esta misma condición, dónde poco importa ya el número o la cantidad de piezas esparcidas por la cubierta. Siempre habrá lugar para otro jarrón, para otro plato.

Un imaginario de objetos que se dirige constantemente a un mundo habitual, próximo, sin más referentes que la cotidiana inmediatez de una realidad palpable que Jujol y Schwitters tornan en inusual, por lo inusual de su manifestación plástica. Platos en inestable equilibrio que recogen a duras penas pequeñas porciones de agua; vasijas cuyos orificios a veces buscan el cielo y a veces la tierra; piedras que desde su posición erguida y apoyadas desde su lado menos estable vigilan las alturas, rompiendo la regularidad de las cuatro aristas de la cubierta piramidal; o cabezas de porcelana que personifican montones de basura, figuritas que pugnan por escalar entre fragmentos dispersos de textos reciclados y huecos que se llenan de pertenencias ajenas.

Objetos que, desprovistos de su original significado, pasan a ser otra cosa pero que siempre conservarán lo más cercano a una respuesta vinculada al territorio —urbano/Schwitters o rural/Jujol— percibido a través de una acción doméstica, por cotidiana: la mirada de todo aquello que la vista pueda alcanzar durante un paseo por la calle, o el almuerzo entre platos, tazas, jarrones y, ¿por qué no?, un gato de porcelana.


[1] «Comme notre pays était ruiné, je pris ce qui me tombait sous la main. On peut crier avec des ordures, et c’est ce que je fis, en les collant et les clouant ensemble.» Kurt Schwitters, “texte autobiographique”, Kurt Schwitters (manifestes théoriques & poétiques). Édition établie par Marc Dachy (Paris: Ivrea, 1994) 80.

[2] «Su hijo lo describe regresando a casa cargado con todo aquello que había ido encontrando a lo largo del día, por el camino. Jujol, en efecto, recoge restos de aquí y de allá, los transporta de un lado a otro, los amontona, los ordena, los transforma, y de ellos surge un mueble, una lámpara, una caja, un atril, un relicario, una corona, una cruz, un edificio entero…» Juan José Lahuerta, “Instrumentos de pasión”, DC Revista de crítica arquitectónica núm. 5, 2001: 21

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