De la historia, de los estudios sobre la historia, y de la necesidad del pasado en el resto de disciplinas

g.carabi + m.m. boix

Desde unos tiempos en los que la inmediatez, lo estrictamente contemporáneo, lo novedoso y la velocidad del dato instantáneo bloquea en no pocas ocasiones el interés hacia el pasado, creemos que lanzar un alegato en pro del estudio de la historia, sin especificar derivadas, no es algo que debiera ser marginal sino estrictamente necesario. Una historia —múltiple, escurridiza, desarticulada por cuanto no constituye un camino interpretativo lineal— y que desea declararse en contra del historicismo —acumulativo, unidireccional.

Francisco de Goya, La verdad, el tiempo y la historia. 1797-1800. Fuente: Wikimedia Commons

Francisco de Goya, La verdad, el tiempo y la historia. 1797-1800.
Fuente: Wikimedia Commons

1.

Una primera observación: no existe historia de sino de forma instrumental. Cualquier aproximación a la historia debería ser entendida en su sentido más transversal, interseccionando e interactuando con el resto de las diferentes disciplinas, artísticas, técnicas, sociales, culturales, económicas, políticas, etc., para construir una historia integral.

Segundo asunto: por integral no debemos entender historia absoluta, sino la que se muestra capaz de recoger aquellos instantes multidisciplinares cuya narrativa son de uso imprescindible para relacionar unos hechos, siempre inestables, siempre prestos a ser motivo de duda, herramientas de quien construye en cada momento su historia.

Lo mismo, a través de citas:

De antemano la palabra [historia] no veda ninguna dirección hacia la cual se pueda orientar la investigación: sea de preferencia hacia el individuo o hacia la sociedad, sea hacia la descripción de las crisis momentáneas o hacia la búsqueda de los elementos más durables; no encierra en sí misma ningún credo; no compromete, conforme con su etimología primera, a nada más que a la “investigación”.[1]

(…) No hay historia económica y social. Hay la historia sin más, en su unidad. La historia que es, por definición, absolutamente social.[2]

Solo una historia comparada y total (economía, sociedades y civilizaciones) es el instrumento adecuado para describir los procesos, y poner a prueba los modelos, para distinguir en las múltiples combinaciones entre lo viejo y lo nuevo, lo que es promesa, lo que es amenaza.[3]

Decir que la historia es −o debería ser− únicamente transversal equivale a abandonar definitivamente —como nos recuerda Fontana a través de las palabras de Prigogine— el mito del conocimiento completo[4]: el movimiento ya no es unidireccional, ya no enfoca hacia un único desenlace sino que se dispara en múltiples puntos de vista que conviene recomponer. Cada historia, así, deberá ser parcial y subjetiva.

Una historia a contrapelo.

¿Cómo afrontar, entonces, una disciplina cuya dirección se cuestiona desde el momento cero de su estudio, cuyo origen es incierto, cuya dirección es errática y cuya evolución no es visible?

2.
¿Qué es la verdad? Así titulaba Gadamer, en 1986, uno de los capítulos preliminares del segundo volumen de Verdad y Método[5]. El interrogante, directamente extraído del diálogo entre Poncio Pilato y Jesús[6] durante su arresto en Palestina manifiesta, en palabras de Gadamer, una extraña condición: la relación de tolerancia que se establece entre un rey judío y el gobernador romano. Lo que pudiera decir Jesús, su verdad, no implica ninguna situación de alarma en Pilato, para quien sus palabras de defensa no son sino un relato cuya verdad pudiera ser tan verosímil como cualquier otra. Una situación que se irá repitiendo hasta alcanzar, en la era moderna, su momento álgido en la que el concepto verdad se ha metamorfoseado completamente en sinónimo de verosimilitud.

Esta condición que transforma verdad en verosimilitud la leemos a diario de manera natural. Ejemplos cercanos podemos encontrarlos continuamente a través de los medios de comunicación: las declaraciones acerca de las cuentas saneadas de algunos políticos en el poder, los ahorros energéticos que conllevan ciertos husos horarios, las supuestas honestas fortunas de algunas marcas comerciales levantadas únicamente con ingenio y trabajo, o los gestos torpemente inventados de un intérprete del lenguaje de signos, durante la ceremonia oficial de los funerales a Nelson Mandela.

Que el acoso y derribo de lo verosímil sobre lo verdadero no es únicamente patrimonio de lo contemporáneo lo sabemos, aunque algunos artistas hayan construido, con gran dosis de fina ironía, su propia fuente de creatividad sobre la confusión que comporta la diferencia entre ambos términos. Un ejemplo, la obra del fotógrafo Joan Fontcuberta quien ha conseguido burlar, en varias ocasiones, la credibilidad de las instituciones con su documentación hiperrealística —el caso más sonado: la instalación de fósiles de sirena en la reserva geológica de Dignes.

Esta naturalidad del lenguaje verosímil ha traído consigo la substitución gradual de la realidad por una hiperrealidad performativa. Dicho de otro modo: aquella que a través de sus expresiones consigue cambiar y modificar la realidad.

Ya lo advertía el viejo Febvre:

Un hecho es cierto ya desde ahora: vivir, para nosotros y para nuestros hijos, será mañana, es hoy ya, adaptarse a un mundo perpetuamente resbaladizo.[7]

3.
De Certeau:

La relación entre el discurso histórico y la realidad es, no solamente la capacidad de este discurso de ser una buena o falsa expresión del pasado, sino más esencialmente, su poder de transformar la sociedad contemporánea.[8]

1440. Alfonso el Magnánimo encarga una investigación sobre la veracidad del texto que documenta la donación de llaves del primer emperador cristiano, Constantino, al Papa Silvestre, supuestamente fechada en el año 315; el documento es primordial por cuanto fundamenta el poder de la Iglesia de Roma en Occidente. Lorenzo Valla, el filólogo solicitado por Alfonso el Magnánimo, demostrará la falsedad del texto en su escrito De falso credita et ementita Constantini donatione declamatio, argumentando que es posterior al siglo IV y, consecuentemente, moderno. Valla muestra así el engaño del documento efectuando una crítica razonada al texto sagrado.

1550. Giorgio Vasari publica Le vite de’ più eccellenti pittori, scultori ed architettori. Un compendio de aquellos artistas que construyen, con su biografía, la historia de un tiempo y de un lugar. Pero Vasari omitirá deliberadamente aquellos lugares menores, ciudades laboratorios libres de la tradición medieval: Urbino o Rimini, por ejemplo. Lugares de ensayo para el denominado Renacimiento que, sin embargo, serán menospreciados por cuanto sería un desprestigio situar en esas pequeñas ciudades, y no en Florencia, la cuna del Quattrocento humanístico.

Le vite de' più eccellenti pittori, scultori e architettori (1568). Fuente: wikimedia commons

Le vite de’ più eccellenti pittori, scultori e architettori (1568). Fuente: Wikimedia Commons

1675. Athanasius Kircher, jesuita racional, publica Arca Nöe: un intento por legitimar la veracidad de la construcción del arca y su capacidad por albergar a todas las especies animales. A Kircher le preocupa las dimensiones del arca, su tamaño, la posibilidad de dar cabida a todos los animales del planeta. Comprobaciones que Kircher argumentará con la articulación de fantásticas teorías protoevolutivas.

1824. Leopold von Ranke prestigioso historiador del siglo XIX publica Historia de los pueblos románicos y germánicos. Ranke quiere explicar los hechos «wie es eigentlich gewesen ist», tal y como han sido en realidad. Una historia positivista que cree en el documento y en la necesidad de una historia objetiva, de una historia como saber científico.

Ante una historia monumental, que necesita del pasado, y una historia anticuaria, que busca preservar la tradición, se producirá la reacción: la historia crítica, Nietzsche y Marx.

1874. Nietzsche se opone al pensamiento positivista de Ranke con su Sobre la utilidad y el daño de la historia para la vida. El mensaje es claro: contra la historia erudita, contra el documento, la historia como el proyecto del mundo. Su posición en el mundo, ese será el motor de arranque; el pasado es una carga y hay que soltarla. Sólo desde la incomodidad del tiempo, desde la incomodidad con el mundo, se puede ser historiador:

Sólo si la educación histórica va acompañada de una poderosa y nueva corriente vital, de una cultura en devenir, por ejemplo, cuando es dominada y guiada por una fuerza superior —y entonces no domina y guía  únicamente ella misma— es algo saludable y prometedora de futuro.[9]

1859. Quince años antes Marx escribe Contribución a la crítica de la economía política. La única historia posible se concibe a través de las relaciones de los medios de producción, dado que todo lo demás está subsumido en ello. Será absurdo, pues, ocuparse de otras subestructuras. A partir de Marx lo único susceptible de ser estudiado serán las relaciones de producción. La mirada de Marx, desde un punto muy determinado, será: los hombres tienen historia porque se ven obligados a producir su vida.

El primer hecho histórico es (…) la producción de la vida material misma, y no cabe duda que de que es éste un hecho histórico, una condición fundamental de toda historia, que lo mismo hoy que hace miles de años, necesita cumplirse todos los días y a todas horas, simplemente para asegurar la vida de los hombres.[10]

La lectura de Marx no se agota: responde a nuestras necesidades. El Estado ya no puede decidir; la potencia de los agentes de trabajo, puesta en movimiento, es la que determina la cantidad de producción y no el tiempo dedicado socialmente necesario —o su equivalente, el dinero. Cualquier relato histórico a partir de Marx será, por definición, relato en términos económicos, con el capital como sujeto agente y abstracto.

4.
Winston, el protagonista de 1984[11], vive en su cotidianeidad la antes aludida hiperrealidad performativa: su trabajo en el Ministerio de la Verdad consiste en destruir la historia para ser reescrita de acuerdo a las conveniencias del gobierno. Una historia que se irá construyendo, de nuevo, a partir del control del lenguaje como herramienta substancial y transformadora de la realidad: la eliminación de los conceptos que atentan contra las ideas del Partido.

George Orwell, 1984. Fuente: The Publishing Cafe

George Orwell, 1984. Fuente: The Publishing Cafe

Si el lenguaje es el primer y último reducto de la libertad, la imposibilidad de utilizarlo sin restricciones lo convierte, automáticamente, en la peor de las condenas, confinando al individuo en presa de sus propias emociones.

Dos ejemplos recientes: la negación sistemática ante la comunidad Internacional del gobierno de Siria del empleo de armas químicas o, en nuestro país, la exclusión de la palabra crisis en cualquier comparecencia política durante el estallido de la depresión económica.

Historia, pues, como materia disciplinar e historia como materia necesaria; en los estudios en general y en las escuelas de arquitectura en particular. Un dato alarmante: los gobiernos se ocupan y preocupan cuando desciende el número de inscritos en las carreras de disciplinas más técnicas y, sin embargo, esto ocurre de manera vertiginosa en el mundo de las humanidades desde hace más de una década y la alteración que produce es infinitamente menor.

Una falta de interés, por parte de las instituciones, que nos sitúa precisamente en la posición contraria: en pensar que el estudio de la historia —una historia, aquella historia— sea, por subversiva, altamente necesaria.

Una historia que nos devuelve constantemente a la actualidad, como un ejercicio de entrenamiento, decía el maestro Duby, que ayuda a conectarnos con el presente en una mejor posición.


[1] Marc Blanch, Apología para la historia, 1993, 2ª ed., México D.F., Fondo de cultura económica, 2001, p. 53

[2] Lucien Febvre, Combates por la historia (1970), Barcelona, Ariel, 1992, pp. 41-42

[3] Pierre Vilar, Pensar históricamente, Conferencia pronunciada en la clausura de los cursos de verano de la “ Fundación Claudio Sánchez Albornoz”, Ávila, 30 de julio de 1987

[4] Josep Fontana, La historia después del fin de la historia, Barcelona, Crítica, 1992, p. 31

[5] Hans Georg Gadamer, Verdad y método II (1957), Salamanca, Ed. Sígueme, 1998, p. 51

[6] Jn 18, 37-40. «Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz. Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad? Y cuando hubo dicho esto, salió otra vez a los judíos, y les dijo: Yo no hallo en él ningún delito. Pero vosotros tenéis la costumbre de que os suelte uno en la pascua. ¿Queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos? Entonces todos dieron voces de nuevo, diciendo: No a éste, sino a Barrabás. Y Barrabás era ladrón».

[7] Lucien Febvre, op. cit. p. 63

[8] Cristina Carbó y François Giraud, “Entrevista a Michel de Certeau”, Históricas, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Científicas, núm. 10, sept.-dic. 1982, pp. 25-26, 39-51. En línea: http://www.elseminario.com.ar/biblioteca/Carbo_Giraud_entrevista_decerteau.htm

[9] Fredrich Nietzsche, Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida: II intempestiva (1874), Madrid, Biblioteca Nueva, 1999, p. 51

[10] Karl Marx, Frederich Engels, La ideología alemana (1932), Barcelona, Grijalbo, 1974, p. 28

[11] George Orwell, 1984, Londres, Martin Secker & Warburg Ltd., 1949

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