La enciclopedia como lugar sin centro. Paxton y la arquitectura sin centro. Cerdà y la ciudad sin centro

*Guiones de clase: composición 4

g.carabi

1. Suscitaremos pocas dudas si afirmamos que la organización de un diccionario enciclopédico, en su esencia más fundamental, prescinde de un punto único de referencia. En rigor todos sus elementos, todas sus entradas son, a su vez, referencia y diferencia. La comprobación es inmediata: basta iniciar la lectura por cualquier página para ser llevados, de una definición a otra y sin solución de continuidad, a través del total de páginas que conforman el diccionario sin un orden establecido. Un viaje que, al límite, nos hace entrar en un bucle donde la única escapatoria se produce cuando se introduce, externamente, un nuevo vocablo, una nueva definición que de inmediato pierde su referencia en beneficio del sistema general. El orden es irrelevante. Sistematizar alfabéticamente las entradas no presupone ninguna ley de inteligibilidad.

A Diderot, junto a D’Alembert, debemos el moderno diccionario Encyclopédie ou Dictionnaire Raisonné des Sciences, des Arts et des Métiers, par une société de gens de lettres (1751); un titánico esfuerzo —cuyo origen se encuentra en la Cyclopaedia de Ephraim Chambers (1728)— por agrupar todos los saberes en 17 volúmenes de texto más 11 volúmenes de láminas donde a la colaboración colectiva e interdisciplinar en su producción se suma, por primera vez, un sistema de navegación que tiende a ser recorrido por azar o por curiosidad en lugar del habitual sistema lineal.

2. Cien años más tarde, en 1851, se celebra la primera Exposición Universal en Londres. The Great Exhibition of the Works of Industry of All Nations fue visitada por 6.039.000[1] de personas -Londres contaba con 2.300.000 habitantes[2]. Hector Berlioz, compositor, designado por el Ministro de Agricultura y comercio francés para servir como representante de Francia y examinar los instrumentos musicales que allí se exhibían, describe así sus impresiones:

[…] This universal exhibition, the competition of all nations, and especially the vast Crystal Place where everything is exhibited, these are wonders which I will not attempt to describe to you. […][3]

Allí donde todo se expone, donde nada queda por mostrar, el visitante acaba por convertirse en un objeto más de exhibición, imposible de describir su entorno. Allí se exhibirá desde el primer inodoro con cisterna, el telégrafo eléctrico, microscopios, bombas de aire y barómetros, así como instrumentos musicales, de relojería, junto a elefantes vivos, cocodrilos, toda clase de pájaros, o una colección grandiosa de gallinas.

"Crystal Palace - interior" by J. McNeven - collections.vam.ac.uk. Licensed under Public Domain via Wikimedia Commons - http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Crystal_Palace_-_interior.jpg#mediaviewer/File:Crystal_Palace_-_interior.jpg

Interior Crystal Palace por J. McNeven – collections.vam.ac.uk.
Fuente: Wikimedia Commons

El Crystal Palace, de Joseph Paxton, será el diccionario enciclopédico construido; un lugar del que dirán, los arquitectos del momento, «no es arquitectura».[4] No es extraño. Basta observar el primer proyecto publicado de lo que debería ser el edifico del Crystal Palace para constatar la estricta homogeneización a la que somete Paxton el proyecto, neutro contenedor de todo lo que allí deberá ser expuesto.

3. Teoría General de la Urbanización, y aplicación de sus principios y doctrinas a la Reforma y Ensanche de Barcelona, es un tratado de urbanística redactado por Ildefons Cerdà (1815-76) el año 1859, declarado de utilidad pública en mayo de 1860, y publicado en diciembre de 1863. Cerdà recoge, en el tratado, la urbanística como una ciencia.

Decir que se ocupa de la urbanística como una ciencia es decir que el procedimiento que sigue en el desarrollo de su tratado es científico: observa, estructura, razona, y deduce principios que pueden ser aplicados a otros casos.

Los dos gruesos volúmenes de la Teoría General de la Urbanización comprenden, tan sólo, la primera de las cuatro partes que tenía que desarrollar: 1ª, dedicada al análisis del hecho urbano en su esencia originaria y en su desarrollo histórico, como método para «hacer comprender y tocar, si así cabe decirlo, la causa primordial de ese malestar profundo que aflige a las sociedades modernas encerrada en las grandes ciudades»; 2ª, consagrada a exponer «el sistema o teoría que debería aplicarse con provecho para extirpar el mal, teoría que consiste en la exposición de los principios generales cuya aplicación habría de conducirnos a una urbanización perfecta»; 3ª, encargada de «reducir la rigidez de los principios teóricos a una conveniente elasticidad que los hiciese practicables, útiles y provechosos por medio de reglas prácticas», y 4ª y última parte consistente en la aplicación, de todo ello, al caso de Barcelona.[5].

Un método científico que Cerdà articula junto a la tradición en sus aproximaciones etimológicas para resolver la incorporación de cultismos con los que dotar de un nuevo lenguaje al proyecto que está por venir. Recuperar el uso de la voz urbs —vocablo con el que los latinos designaban la ciudad y término, a su vez, síncopa de urbum, arado—, para derivar de él urbanización y urbe, establece una relación nada casual entre la acción de arar un terreno con bueyes sagrados para señalar un recinto a ocupar, y la transformación de un campo libre en urbanizado.[6]

Ildefons cerdà, Teoría General de la Urbanización. Fuente: Archivo Cerdà

Ildefons cerdà, Teoría General de la Urbanización. Fuente: Archivo Cerdà

Al conjunto abstracto de dispersa y variada mercancía expuesto en la primera Exposición Universal de Londres, preludio de las nuevas relaciones que se establecerán entre contenido y contenedor, entre objetos y edificio, le seguirá idéntica disposición conceptual en el proyecto de la futura ampliación de la ciudad de Barcelona. El trazo geométrico del Plan, la capacidad del ensanche por fagocitar las diferentes poblaciones que alrededor de la ciudad antigua mantenían, por poco tiempo, su status gubernamental, y su capacidad por atraer, a lo largo del tiempo, tanto a la alta y mediana burguesía condal como a los ricos propietarios rurales «hartos de depredaciones, energumenismos y confuso guirigay»[7], no hubieran sido posibles sin una estrategia fundamental basada en la pérdida de un centro reconocible, diluido en los nodos que Cerdà previó inicialmente cada tantas manzanas de la ciudad.

Comprender el Eixample Cerdà, por tanto, no sólo como una operación de crecimiento organizado del territorio de la ciudad, sino como la desaparición de un mundo gremial en el que las relaciones de habitabilidad son substituidas por una geometría que impondrá su impermeable separación entre el ámbito público y el privado: la fachada larga y continua que cada manzana irá construyendo hasta cerrar, en un proceso ajeno a la primera voluntad de Cerdà, una nueva muralla extramuros que designará nuevas pautas de relación entre el ciudadano y su ciudad, entre una arquitectura urbana y la urbanización de la arquitectura.

La reacción no se hizo esperar, y en la llamada segunda edad del Eixample, una generación de arquitectos como Antoni M. Gallissà, Josep Font i Gumà, Josep Amargós, Lluís Domènech i Montaner, Josep Puig i Cadafalch, seguidos de Enric Sagnier, Jeroni F. Granell, o Salvador Valeri entre muchos, construirán una segunda ciudad en los planos verticales del Eixample de Barcelona.

Puig i Cadafalch, en su estudio sobre la Plaza de Catalunya publicado en 1927, se hará eco de la opinión pública que, en los inicios del Eixample, lo describe como un

confuso laberinto que produciría un sin fin de calles infinitamente largas, que conducen a ninguna parte, cortadas a escuadra por otras idénticas, dando lugar a multitud de barrios, todos iguales, que no pueden agruparse de ninguna manera.[8]

Cerdà había dispuesto el nudo de Glorias como lo más cercano a un centro, literalmente geográfico; un centro de circulación, rodado, sin representación política, social o económica. En su plan, el punto de encuentro más al norte entre Ciutat Vella y el Eixample, la Plaça de Catalunya, se anula integrándose como una —deformada— manzana más. Un espacio de tensión física que será reflejo de la pulsión que, años más tarde, irá tomando la ciudad: ocupado primero por las sedes de diversos edificios financieros se transformará, según pasen los decenios, en el verdadero centro de decisión de la ciudad: una ciudad liderada por Inditex, IVA Capital Partners, El Corte Inglés, Telefónica Movistar y SAREB.

Fragmento de la implantación del Plan Cerdà en su encuentro con la futura Plaça de Catalunya. Fuente: AHCB

 

 


[1] http://www.ndl.go.jp/exposition/e/s1/1851.html

[2] http://en.m.wikipedia.org/wiki/Demographics_of_London

[3]The Héctor Berlioz website. http://www.hberlioz.com/London/BL1851Exhibition.html

[4]Josep Quetglas, “Los visitantes del Crystal Palace”, Pasado a limpio I, COAC Girona, ed. Pre-Textos, 2002, p. 122

[5]Ildefons Cerdà, “Proemio”, Teoría General de la Urbanización y aplicación de sus principios doctrinas y la Reforma y Ensanche de Barcelona, Madrid, Imprenta española, 1867, pp. 16-17

[6] Ildefons Cerdà, “Introducción”, op. cit. pp. 29-30

[7] Josep Pla, Un señor de Barcelona, Barcelona, Destino, 1981, pp. 118-119

[8] Josep Puig i Cadafalch, Projecte Plaça de Catalunya, Barcelona, 1927, p. 13

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