La continuidad progresista: Nicolau M. Rubió i Tudurí

*Guiones de clase: composición 4

g.carabí

Nicolau M. Rubió i Tudurí y Raimon Argilés, Estación aérea de la Ciudad Futura, 1929. Fuente: "La Barcelona Futura", Butlletí de la Cambra Mercantil, núm. 100, julio de 1930. AHCB

Nicolau M. Rubió i Tudurí y Raimon Argilés, Estación aérea de la Ciudad Futura, 1929. Fuente: “La Barcelona Futura”, Butlletí de la Cambra Mercantil, núm. 100, julio de 1930. AHCB

Continuidad progresista. El título en sí es un oxímoron. No es casualidad. En el debate sobre la arquitectura moderna que protagoniza buena parte de la actividad profesional y docente de los años treinta en España, Rubió i Tudurí, natural de Maó, Menorca, destila en poco más de sesenta páginas la réplica más argumentada realizada durante aquellos años al maquinismo. Superado el episodio noucentista de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, y entre actuaciones pioneras que anuncian el racionalismo en su estado más radical como el edificio del Rincón de Goya —Mercadal, 1928—, o el Club Náutico de San Sebastián —Aizpurúa y Labayén, 1929—, el arquitecto menorquín, lejos de condenar los excesos de una estética maquinista, la sitúa estratégicamente en una posición que, distanciada de la capacidad de la arquitectura por asimilar los distintos estilos, se construye como un nuevo concepto que trata de desarrollar coherentemente la esencia del maquinismo.

Una nueva posición afín a las vanguardias de los años veinte que no deja de mostrar, en su elección, una actitud arquitectónicamente conservadora.

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Edición francesa de ACTAR. París, 1931

1.
Sesenta y tres páginas exactamente, bajo el nombre de ACTAR[1], como respuesta del arquitecto menorquín al conjunto de artículos que Le Corbusier había recopilado unos años antes y publicado en Vers une architecture[2], dogma que debía guiar buena parte de las futuras propuestas arquitectónicas europeas. Un Le Corbusier atento a la recepción de sus principios que reconoce, afirma Maurici Pla en el prólogo de la reedición actual española de ACTAR, que

era el único libro de arquitectura [Actar] que le interesaba, además de los escritos por él mismo.[3]

Escrito en 1931, cuando Rubió i Tudurí cuenta con cuarenta años de edad y ya ha manifestado tempranamente su discordancia con la vieja estructura académica de la Escuela de Arquitectura de Barcelona —a través de varios artículos publicados en 1916 en el diario La Veu de Catalunya[4]—, ACTAR resuelve, en once capítulos, la distorsionada visión que del maquinismo aplica Le Corbusier a la arquitectura. Una reflexión escrita en clave de manifiesto que plantea una diferencia fundamental entre las dos situaciones temporales que pueden experimentar los cuerpos: la quietud y el movimiento. La diferencia estriba en la manera como la variable “tiempo”, entendida como factor de movimiento, es interpretada en ambas situaciones. Si en una situación de quietud el tiempo solo puede ser percibido de manera pasiva —metáfora, analogía—, lo que se da es, propiamente, una representación del tiempo.

En las iglesias góticas se manifiesta un “movimiento” hacia lo alto; un “élan”, una especie de “salto” vertical. (…) En lo referente a la arquitectura barroca, o más exactamente al barroco italiano o español, es cierto que los arquitectos quisiero petrificar un movimiento apasionado, o quizá hacer soplar un viento intuir agitando el edificio entero: muros, columnas y cúpulas. (…) Evidentemente es un tiempo “movimiento inmóvil”, un tiempo que ha interrumpido su marcha.[5]

En una situación de movimiento, a la que tiende a inclinarse habitualmente el arquitecto, aburrido por lo estático, se identifica la esencia que los arquitectos modernos admiran en el maquinismo. Pero el mal olfato[6], continúa Rubió i Tudurí, ha provocado que únicamente se imiten las formas derivadas del maquinismo y no su espíritu o razón de ser, que es ese mismo movimiento. Las siguientes páginas de ACTAR van entretejiendo una crítica mordaz contra las casas en forma de barco, de avión o de automóvil. Formas grotescas que, en su imitación, son incapaces de volar, sumergirse o desplazarse tal como sugiere su geometría:

Los arquitectos que se han lanzado a la persecución de un espíritu nuevo, funcionalista o pseudo-maquinista, han orientado al público por una pista falsa.[7]

Rubió i Tudurí determina, en esa dirección, cual ha de ser la característica fundamental de la arquitectura: estar libre de la influencia del movimiento. Si la arquitectura egipcia está sentada, la arquitectura gótica está de pie, y la barroca adopta una pose o posición, en cualquier caso nunca sobrepasan los limites de la estabilidad.

¿Dónde se coloca, entonces, esa variable “t“, el movimiento, signo y espíritu de los tiempos que el arquitecto menorquín acepta y aplaude, pero que ha estado tan mal identificada por los arquitectos modernos?

Nicolau M. Rubió i Tudurí, kiosco Eclipse. Fuente: Mirador, núm. 232, 13 de julio de 1933

Nicolau M. Rubió i Tudurí, kiosco Eclipse.
Fuente: Mirador, núm. 232, 13 de julio de 1933

2.

A un lado pondríamos, bajo el viejo nombre de Arquitectura, todas las obras en las cuales las antiguas y sólidas virtudes de este arte son preponderantes. (…) Al otro lado pondríamos las obras en las cuales las cualidades de la máquina, es decir las influencias preponderantes del movimiento mecánico, son visibles.[8]

O lo que es lo mismo: belleza, armonía, proporción, para la Arquitectura. Movimiento mecánico, estructuras en movimiento desprovistas de cualquier lirismo, de las condiciones de la plástica y, en consecuencia, cuya forma responde únicamente al espíritu del progreso industrial, para ACTAR.

Llegarán las grandes estructuras en movimiento, prolongación de los transatlánticos. Las casas de vivienda familiares serán plegables y autotransportables. Imaginad calles sin “casas”; sino como auténticos hoteles de roulottes, yendo y viniendo en libertad. (…) Tal será el verdado maquinismo de la construcción, y no ese híbrido miserable y turbio que hemos denunciado.[9]

Una división en dos conceptos que tiene, como último objetivo, situar el problema de la forma —de la estética— fuera del ámbito de la arquitectura; o, más exactamente, situar las razones mecánicas del movimiento activo fuera del orden de los valores imperecederos de la arquitectura. Una voluntad que deja a la sensibilidad como el único bastión en el que desarrollar arquitectura, dado que los tiempos modernos, la velocidad, lo dinámico y lo transformable puede quedar sólo a expensas de la nueva construcción, sólo a expensas de ACTAR.

No es para Rubió, sin embargo, una posición nostálgica. Al contrario, tal separación solo puede conducir a posiciones más relajadas desde las que volver a producir arquitectura:

Los arquitectos volverán a encontrar, primero, la calma del espíritu. Aquellos a quienes falta aliento e imaginación seguirán saqueando y torturando lo que llamamos estilos históricos: romano, gótico, renacimiento, artes decorativas 1925 y Le Corbusier. Los otros, aquellos que van en persecución de la obra de arte, expresaran con originalidad su espíritu propio; pero siempre en el dominio de la arquitectura, del espacio geométrico y estático, sin mezclar en él esa manía por un maquinismo amateur.[10]

Reconocer en la arquitectura la incomodidad por incorporar los anhelos de las viejas vanguardias; reconocer en la arquitectura su necesidad por adaptarse al espíritu de los tiempos. Paradoja, imposible de resolver, sin tratar de renunciar a la elección.

Escoger entre quietud y movimiento no es, en Rubió i Tudurí una cuestión de estilo; escoger es preservar, para la arquitectura, su destino anclado para siempre en lo inmaterial, lo que tiene de alma, de instinto, de religioso y de irracional.[11]

3. Epílogo

Brunelleschi puede ser considerado como modelo del arquitecto explorador. Su arquitectura se produce siempre, como creación nueva, en un estado naciente. Erraron los que un día le clasificaron como “gótico”. Y errarán hoy los que lo encierren en los arcos del Hospital de los Inocentes, los que lo amarren a las pilastras y las bóvedas de la Capilla de los Pazzi o los que lo aprisionen dentro de las murallas del Palacio Pitti. Brunelleschi no es un simple copista de la Roma clásica, menos todavía es un clásico y de ningún modo un academista. Contra la idea de Ortega y Gasset, no se puede hablar, en el caso de Brunelleschi, del “arquitecto y su circunstancia”. Hay que hablar del “arquitecto y su circunfluencia”, si se me permite decirlo un poco a la manera de Heráclito.

(…) Cuando, por los años veinte, me fue encargado el templo junto al monasterio de Pedralbes, hubo alguna divergencia en cuanto al estilo a seguir en la obra. Los representantes de la propiedad deseaban Renacimiento puro. Los monjes de Montserrat pedían algo más medieval. Me pareció que aquel era un problema típico para el espíritu de Brunelleschi. Bajo la influencia de esta idea, me propuse una “arquitectura en evolución”.

(…) No creo que este ejemplo y esta actitud “brunelleschianos” puedan obtener un amplio asentimiento entre los ansiosos de dogma arquitectónico “seguro”. Sin embargo, confío en que alguien, entre nuestros jóvenes compañeros, admita que el espíritu “brunelleschiano” que he descrito pueda ejercer una acción creadora en la evolución de la arquitectura contemporánea y futura.[12]

Rubió i Tudurí

Nicolau M. Rubió i Tudurí, iglesia de Santa María Reina, 1922-36, Pedralbes, Barcelona. Fotografía: Canaan

Nicolau M. Rubió i Tudurí, iglesia de Santa María Reina, 1922-36, Pedralbes, Barcelona. Fotografía: Canaan


[1] Nicolau M. Rubió i Tudurí, “Actar. Discriminació entre les formes de quietud i de moviment dins la Construcció”, Revista de Catalunya, num. 75 y 76, diciembre de 1931.

[2] Le Corbusier, Vers une architecture, París, Éditions Crès, Collection de “L’Esprit Nouveau”, 1923.

[3] Maurici Pla, “Nota del traductor”, Nicolau M. Rubió i Tudurí. ACTAR, Murcia, Comisión de Cultura del Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos, Consejeria de Cultura y Educación de la Comunidad Autónoma, 1984.

[4] Especialmente en los artículos de los días 12 y 19 de junio, y 3 de julio de 1916, en referencia a la Enseñanza en la Escuela de Arquitectura.

[5]Nicolau M. Rubió i Tudurí, op. cit., p. 26-27.

[6]Rubió i Tudurí titula un capítulo de Actar con el nombre de “La nariz sin olfato” en clara replica a “Ojos que no ven”, de Le Corbusier.

[7] Nicolau M. Rubió i Tudurí, op. cit., p. 36.

[8] Ibidem, p. 40.

[9] Ibidem, p. 51.

[10] Ibidem, p. 52.

[11] Nicolau M. Rubió i Tudurí, “L’immaterial en l’arquitectura. Per començar”, Arquitectura i Urbanisme, Barcelona, febrero de 1936. Citado en Antonio Pizza, “N. M. R. Tudurí: una polémica refutación de la arquitectura moderna”, 3ZU: Revista de arquitectura, núm. 1, 1993, p. 15.

[12] Nicolau M. Rubió i Tudurí, “De Brunelleschi. (A propósito de unas cartas al Director)”, Cuadernos de Arquitectura, núm. 43, 1961, p. 44.

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