La década oscura: 1939-1949. A propósito de la arquitectura del franquismo

*Guiones de clase: composición 4

g.carabí

Portada del número 26 de la revista Arquitectura Bis, enero-febrero 1979

Portada del número 26 de la revista Arquitectura Bis, enero-febrero 1979

1.
Han pasado ya treinta y seis años (1979) desde la encendida polémica que a través de las páginas de Arquitectura Bis se cruzaron Helio Piñón y Tomás Llorens, con Carlos Sambricio y Ignasi de Solà-Morales, acerca de “La arquitectura del franquismo”[1] —así rezaba el título que daba pie al artículo escrito a dúo de los dos primeros. Una polémica que nacía de la férrea posición de Llorens y Piñón, entonces miembros del Consejo de Redacción y fundadores de la revista Arquitectura Bis, respecto a la actitud que algunos jóvenes críticos tomaban en su particular defensa, entre otros aspectos, de la ausencia de bache en los años cuarenta en el desarrollo de la historia de la arquitectura española del siglo XX. Una actitud claramente opuesta a las condenas que sus autodenominados «mayores» hacían de la arquitectura del mencionado periodo.

Tomás Llorens contaba con 43 años; Helio Piñón con 37. La «generación más joven de críticos e historiadores» a la que ambos autores aluden en su artículo tienen, en el momento de las réplicas, Carlos Sambricio 34 años, Ignasi de Solà-Morales 37 —como Piñón—, Josep Quetglas 33 años, Anton Capitel 32 años, Lluís Domènech 39 años y Roser Amadó 35. Las diferencias cronológicas, mínimas respecto a Helio Piñón, se alejan un tanto más —una generación si lo medimos en años académicos— respecto al filósofo y profesor de estética Tomás Llorens.

El artículo de Llorens y Piñón publicado en el número 26 de Arquitectura Bis responde, principalmente, a la contrariedad motivada por diversas ideas previamente vertidas en los textos pertenecientes a dos eventos celebrados con anterioridad a la publicación de la revista. Primero, al ciclo de conferencias organizado y celebrado durante los meses de marzo y abril de 1976 en el Col·legi d’Arquitectes de Catalunya i Balears (COACB) con el título “La arquitectura de la autarquía”[2]; y, en segundo lugar, a la exposición y publicación del catálogo Exposició Commemorativa del Centenari de l’Escola d’Arquitectura de Barcelona 1875-76 / 1975-76, y en concreto al capítulo que lleva por nombre “Patología de la postguerra”[3].

En ellos, y salvando las diferencias existentes entre cada uno de los autores que intervienen, se postulaba como característica común a la arquitectura de los años cuarenta en España una dependencia más intensa con su inmediato pasado de los años treinta —cambio de signo político y derribo de la democracia al margen—, y la denuncia de una confusión derivada de la asociación entre arquitectura fascista, arquitectura de postguerra, y la voluntad política del Nacionalsindicalismo.

Un desencuentro que Llorens y Piñón focalizan ante lo que parece algo innegociable: la ruptura socio-ideológica que supuso la Guerra Civil. Según ambos autores, los jóvenes críticos habrían minimizado el impacto del racionalismo de los años treinta, así como la respuesta reaccionaria de los años cuarenta. Opinión que fundamentan en un método de estudio específico para la época basado en tres puntos: «la continuidad del racionalismo», «la naturaleza ideológica o autónoma de la arquitectura franquista en los años 40», y «la ahistoricidad que la nueva interpretación [la de los jóvenes críticos] proyecta sobre la arquitectura franquista»[4].

La nueva interpretación aludida la defiende un joven Carlos Sambricio con las siguientes palabras:

(…) ni pretendemos descubrir alternativas desconocidas ni tenemos interés en estudiar proyectos que puedan servir para minimizar la trágica situación de los años cuarenta. Pero admitir de entrada, sin formularse dudas o plantearse problemas, que la totalidad de la arquitectura producida en España durante esa década es identificable a un esquema fascista, sería no sólo confuso sino también equivocado. (…) Por ello, aunque en un primer momento parezca que caemos en un aparente mecanicismo, nos interesa esbozar como la arquitectura que el nuevo Régimen “crea” en estos primeros años es clara consecuencia de un racionalismo arquitectónico ya existente.[5]

La polémica está servida. Frente a una argumentada causa-efecto sobre los devastadores efectos que el nuevo Régimen causó en la evolución de la modernidad en la arquitectura española, la réplica razonada de Sambricio y Solá-Morales defendiendo una no tan literal consecuencia del cambio en las propuestas arquitectónicas; y contrarréplica de Llorens y Piñón, en las mismas páginas de Arquitectura Bis, que parecen evidenciar más las diferencias personales que el análisis de las propuestas y contrapropuestas teóricas de sus autores. Disquisiciones teóricas que se alejan, en los textos, de casos de arquitectura concretos y se mueven en panorámicas de estilo siempre difíciles de resolver. Como, por ejemplo, la idea de una paternidad exclusiva de la arquitectura historicista y académica de los años cuarenta puesta en duda por los jóvenes, quienes abogan por reconocer esa misma arquitectura en aquella producción arquitectónica que se desarrolló al margen de la vanguardia; o la ruptura sin concesiones en el año 39 del proceso de formación del capital español iniciado en los años 20, defendida por los mayores, y la continuidad en términos de racionalismo arquitectónico sostenida por los jóvenes.

2.
Una discusión, el estudio de la arquitectura durante la dictadura franquista, que la exposición celebrada dos años antes en la Fundació Miró, de Roser Amadó y Lluís Domènech, Arquitectura para después de una guerra. 1939-1949, trató desde una perspectiva más concreta: la muestra de la obra de catorce arquitectos en Barcelona, y de veinticuatro arquitectos en Madrid, más cinco agrupaciones nacionales de arquitectos. Una exposición que sus autores establecen, en palabras propias, desde la «práctica de la arquitectura», y fundamentada sobre dos hilos conductores: Nuevo Estado y Reconstrucción. Del primer concepto, partirían

las ideas destinadas a expresar la sublimación, a través del sacrificio de la guerra, de las virtudes del pueblo español como raza, como organización social y como individuo.

Del segundo, la de

paliar las destrucciones de la guerra, a la que se aplicaron con seriedad dos organismos (Dirección General de Regiones Devastadas e Instituto Nacional de Colonización) que con mentalidad típicamente racionalista, usando de standards, de tipologías combinables, de superposición de niveles de diseño, realizaron la labor más positiva que el Nuevo Estado tuvo en la posguerra.[6]

Una «mentalidad típicamente racionalista» cuyos adjetivos ya presuponen la existencia de determinadas operaciones arquitectónicas heredadas de épocas anteriores, al menos, por lo que a estrategia se refiere. Una arquitectura que responde racionalmente —o, en palabras de Fernández Alba, a través de un pragmatismo formal[7]—, a una necesidad urgente, la Reconstrucción. Pero también una arquitectura que busca, como lo hacían otros totalitarismos europeos, ensalzar, exaltar, engrandecer las supuestas virtudes de un país a través de «un monumentalismo a veces truculento y casi siempre trivial[8]».

3.
Barcelona y Madrid, ciudades protagonistas antes, durante, y después de los sucesos bélicos, no seguirán caminos paralelos. Las diferencias entre Pascual Bravo, Pedro Muguruza o Luis Moya frente a Duran i Reynals, N. M. Rubió i Tudurí, Lluís Bonet, Eusebi Bona o Francesc Folguera identifican en palabras de Bohigas, y «a pesar de la conformidad franquista de todo el ambiente[9]», una vuelta atrás con un grado de inclinación sensiblemente distinto. El retroceso, en el caso de Barcelona, irá encaminado a la recuperación de aquellas imágenes noucentistas que insistirán en la recuperación de la tradición clásica mediterránea, muy alejados de gestos más decididos, en el caso de la arquitectura desarrollada en Madrid, a recuperar la arquitectura del Escorial como exaltación de una política de nación.

Barcelona, alejada de la estrategia territorial centrista como sede de edificios institucionales, producirá una arquitectura cuya financiación correrá a cargo de la alta burguesía catalana que ya en el periodo de 1929 había colaborado al desarrollo industrial de la ciudad. La depuración franquista dejará el campo libre a toda una serie de arquitectos que ya estaban situados, años atrás, en los puestos de control de la Escuela de Arquitectura llevando a cabo una arquitectura académica y cargada de eclecticismos clasicistas: Paula Nebot, Eusebi Bona, Lluís Bonet, Pere Domènech, etc.

Lluís Bonet Garí, Banco Vitalicio, Barcelona, 1950. Fuente: Milerenda

Lluís Bonet Garí, Banco Vitalicio, 1950, Barcelona. Fuente: Milerenda

Tomemos como ejemplo el edificio del Banco Vitalicio, de Lluis Bonet Garí, en Plaza Cataluña, reseñado en la exposición ya mencionada de Amadó y Domènech. Inaugurado en 1950 el inicio del proyecto, en asociación con Francesc Guardia i Vial, data de 1935; en 1936, cuando debían iniciarse las obras, sobreviene la Guerra Civil; el proceso de construcción se retoma en 1940. Fallecido el arquitecto Guardia, Lluís Bonet sigue en solitario la obra; reelabora el proyecto y lo adapta a la normativa que no le permite alcanzar los cien metros de altura con los que fue concebido, reduciendo la torre que preside el chaflán de Paseo de Gracia con la Gran Vía a sus setenta metros actuales.

Publicada en prensa la inauguración del edificio, de veintiuna plantas, sótano y subsótano, el edificio se define como

síntesis de armonía y de audacia, de majestad y de sencillez que simbolizan la solidez de la primera Entidad española de Seguros sobre la vida[10].

Se hace énfasis en las soluciones constructivas según los preceptos de racionalidad establecidos: pórticos de hormigón armado, modernas instalaciones de calefacción consistentes en 7 calderas, 900 radiadores y 16.000 metros de tubería, instalación de una estación transformadora con tres transformadores de 250 kilovatios en los sótanos para garantizar la producción eléctrica a todas las oficinas provistas de iluminación y ventilación naturales, 19 ascensores, toma de instalación de gas y corriente eléctrica en cada vivienda, etc.

Un edificio, ejemplo y símbolo que la evolución empresarial de un grupo de inversores barceloneses realiza en 1860 cuando fundan la Compañía “La Previsión”, fusionados veinte años más tarde con el “Banco Vitalicio de Cataluña”, y que constituyen, finalmente, el “Banco Vitalicio de España”[11]. Ejemplo también de racionalidad constructiva, el edificio acompaña su regularidad geométrica con la incorporación de materiales mas nobles en la planta baja como el granito de Galicia, con gestos más señoriales como la escalera que conduce al interior desde la entrada principal en chaflán, y con los arcos de entrada o el conjunto escultórico que remata las cornisas apelando a virtudes cardinales como la Previsión, el Ahorro, la industria y el Comercio.

Más allá de convertirse el edificio en paradigma de lo que, en términos del Nuevo Régimen, significaba la modernización, representación y reconstrucción de una nueva arquitectura, interesa leer los límites del lenguaje académico.

Un lenguaje, un ropaje, una cáscara, un envoltorio que pone de manifiesto sus propias controversias. Señalamos dos. La primera, aquella que no permite solucionar los complejos problemas de continuidad urbana, de giro, en la esquina que ocupa el edificio confluencia de la Gran Vía con el Paseo de Gracia. Dos calles, de distinta identidad, resueltas a través de un principio compositivo básico: la repetición sistemática de las fachadas a uno y otro lado de las calles, y la opción por señalar el chaflán como eje del edificio.

Lluís Bonet Garí, Planta baja sede Banco Vitalicio. Fuente: Cuadernos de Arquitectura, 1944, nº 1, p. 30

Lluís Bonet Garí, Planta baja sede Banco Vitalicio.
Fuente: Cuadernos de Arquitectura, 1944, nº 1, p. 30

La segunda, una composición exterior monumental que exhibe sus desajustes con la racional disposición de la estructura: los pilares no se corresponden con los huecos que el edificio exhibe a lo largo de sus fachadas, y la organización interior, propia de una solución acorde con las voluntades del existenzminimum debatidas en el II Congreso internacional de Arquitectura moderna celebrado en Frankfurt en 1929, en franca colisión con la idea de monumentalidad expresada en su volumen exterior.

Una arquitectura nunca ajena a los cambios, pero que, en el caso del edificio del Banco Vitalicio, el capital burgués, la racionalidad constructiva proveniente de los años treinta y una volumetría más atenta a condiciones epidérmicas que a las situaciones urbanas planteadas por la ciudad, acaban por construir una realidad más de transición que de profundo cambio estructural, vanguardias al margen.

Luis Gutiérrez Soto, Café restaurante en el aeropuerto de Barajas, 1931. Fuente: Urban Idade

Luis Gutiérrez Soto, Café restaurante en el Aeropuerto de Barajas, 1931.
Fuente: Urban Idade

Desde esta perspectiva es más fácil leer, ahora, la recepción del racionalismo europeo en España como una moda que la burguesía española adopta, en un momento concreto y —una vez más— al margen de las vanguardias. Como una moda que atravesará de forma transversal otros estilos y tendencias arquitectónicas al uso y que permiten a Gutiérrez Soto pasar, sin solución de continuidad, de edificios como el cine Barceló en Madrid, de 1930, o el bar restaurante del Aeropuerto de Barajas en 1931, al Ministerio del Aire, en 1942-51, paradigma este último de una arquitectura realizada por, para, y al servicio del régimen de Franco.

Luis Gutiérrez Soto, Ministerio del Aire en construcción, 1942-1951. Fuente: El Madrid de ayer visto en el cine español

Luis Gutiérrez Soto, Ministerio del Aire en construcción, 1949.
Fuente: El Madrid de ayer visto en el cine español


[1] Tomás Llorens, Helio Piñón, “La arquitectura del franquismo: a propósito de una nueva interpretación, Arquitectura Bis, nº 26, Barcelona, 1979, pp. 12-19.

[2] Los textos de las conferencias de Carlos Sambricio e Ignasi de Solà-Morales están publicados en Arquitectura, nº 199 Marzo/Abril, Madrid, 1976.

[3] Càtedra de composició II, Exposició Commemorativa del Centenari de l’Escola d’Arquitectura de Barcelona 1875-76 / 1975-76, Barcelona, ETSAB, 1977, pp. 172-174.

[4] Tomás Llorens, Helio Piñón, op. cit.

[5] Carlos Sambricio, “Ideologías y reforma urbana: Madrid 1920-1940”, Arquitectura nº 199, marzo-abril 1976, pp. 78-9. El artículo se recoge de nuevo íntegro años más tarde en Carlos Sambricio, Cuando se quiso resucitar la arquitectura, Murcia, Comisión de Cultura del Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos, 1983, pp. 173-197.

[6] Roser Amadó, Lluís Domènech, “Barcelona, los años 40. Arquitectura para después de una arquitectura, Cuadernos de Arquitectura y Urbanismo, nº 121, 1977, p. 5.

[7] Antonio Fernández Alba, La crisis de la arquitectura española, Madrid, Cuadernos para el diálogo, 1972, p. 42.

[8] Ibídem, p. 30

[9] Oriol Bohigas, Modernidad en la Arquitectura de la España Republicana, Barelona, Tusquets, 1998, p. 204.

[10] “En Barcelona, sede central de la institución, se ha inaugurado oficialmente el grandioso edificio del Banco Vitalicio de España”, ABC (Madrid), 05 de febrero de 1950, p. 13.

[11] Ibídem.

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