GRAN JEFE SEATTLE

g.carabí

GRAN CABDILL SEATTLE

Fa pocs dies va tornar a caure sobre les meves mans un text que diverses disciplines han utilitzat d’exemple i lliçó moral. El text és la transcripció del missatge —segons ens ha arribat— del gran cabdill Seattle, cap de la tribu dels Duwamish, enviada al president dels Estats Units Franklin Pierce, l’any 1855. Les paraules del cabdill Seattle són la resposta a l’oferta que li fa arribar el president Pierce, amb l’objectiu de comprar-li les terres on havien viscut tants anys la tribu dels Duwamish; unes terres que corresponen al que actualment coneixem com estat de Washington.

Text moltíssimes vegades difós —en blogs, planes web, llibres físics—, ha esdevingut en ensenya especialment defesa pels grups ecologistes a causa de les referències constants a la mare Terra. La reproducció del text que tornem a oferir des d’aquest blog vol només incidir sobre una idea fonamental, de les tantes que suggereixen les paraules del gran cabdill Seattle: la Terra mater —o Tellus Mater.

Mircea Eliade (1988) (e.o. 1957) ens recorda que la Terra mater, ben coneguda per les cultures mediterrànies —Homer¹, Esquilo²…— descriu un recorregut que arriba fins al nou continent. El mateix autor abunda que altres ritus amerindis expliquen que la mare Terra produïa els humans, de la mateixa manera que avui dia produeix els arbres; l’infantament humà per part de la mare Terra és una idea universalment i històrica extesa, per part de molts pobles primitius. I la idea de pertànyer, en morir, a la Terra, podem trobar-la als textes sagrats tant a l’Atharva Veda —«a tu que ets terra, t’hi fico dins la terra»(XVIII, IV, 48)—, com a la Biblia —«Amb la suor del teu front menjaràs el teu pa, fins que tornaràs a la terra, ja que en fores tret. Perquè tu ets pols, i a la pols tornaràs» (Gen 3:19)—, o a les cerimonies funeràries xineses —«que la carn i els ossos retornin a la Terra». És precísament a l’antiga Xina, continua Eliade, on es posa de manifest aquest umbral comú que és la Terra natal: tant per néixer com per morir es diposita el subjecte a terra, on s’arriba a una comunió entre la raça i el sòl. 

El text del gran cabdill Seattle, ric en metàfores i d’una sensibilitat poc habitual, descriu el gran drama que suposa no tan sols perdre el territori que generacions d’indis havien habitat sinó el fer esdevenir, en moneda de canvi —en mercaderia—, el medi que els va donar a llum: la naturalesa.

Només 7 anys enrere, i des de l’altre costat de l’oceà, MarxEngels havien descobert el motor que feia avançar (?) la humanitat des de temps immemorials i que devastaria —especialment des de mitjans del segle XX fins a l’actualitat—de manera implacable la naturalesa, fent vàlid el mite de Cain³: la lluita de classes. No és flonja nostàlgia el que volem desvetllar amb la reproducció del text. Només accentuar la malaurada actualitat d’un pensament que, dia a dia, es fa més necessari reivindicar: 

«Nosaltres som part de la Terra»

Hace algunos días cayó de nuevo en mis manos un texto que muchas disciplinas de distinta índole han utilizado de ejemplo y lección moral. El texto es la transcripción del mensaje —según llega hasta nuestros días— que el gran jefe Seattle, jefe de la tribu de los Duwamish, envía al presidente de los Estados Unidos Franklin Pierce, en el año 1855. Las palabras del jefe Seattle responden a la oferta que le hace llegar el presidente Pierce, con el objetivo de comprar las tierras en las que habían vivido durante lustros la tribu de los Duwamish; unas tierras que corresponden a lo que actualmente conocemos como estado de Washington.

Texto difundido en incontables ocasiones —en blogs, páginas web, libros físicos— se ha convertido en enseña y bandera especialmente defendida por los grupos ecologistas, debido a sus referencias constantes a la madre Tierra. La reproducción del texto que se ofrece de nuevo desde este blog sólo quiere únicamente incidir sobre una idea fundamental, de las muchas que sugieren las palabras  del gran jefe Seattle: la Terra mater —o Tellus Mater.

Mircea Eliade (1988) (e.o. 1957) nos recuerda que la Terra mater, de sobras conocida por las culturas mediterráneas —Homero¹, Esquilo²…— describe un recorrido que llegará hasta el nuevo continente. El mismo autor abunda en la idea de que otros ritos amerindios explican que la madre Tierra producía a los seres humanos, de la misma manera que hoy día produce árboles; el alumbramiento humano por parte de la madre Tierra es una idea universal e históricamente extendida, por parte de muchos pueblos primitivos. Y la idea de pertenencia, en el lecho de muerte, a la Tierra, podemos encontrarla en los textos sagrados tanto en la Atharva Veda —«a ti que eres tierra, te meto en la tierra»(XVIII, IV, 48)—, como en la Biblia —«Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste formado, pues tierra eres y en tierra te convertirás» (Gen 3:19)— o en las ceremonias funerarias chinas —«que la carne y los huesos vuelvan a la Tierra». Es precisamente en la antigua China, continua Eliade,  donde más claramente se pone de manifiesto este umbral común que es la Tierra natal: tanto para nacer como para morir se deposita al sujeto en el suelo, donde se celebra una suerte  de comunión entre la raza y la tierra. 

El texto del gran jefe Seattle, rico en metáforas y de una sensibilidad poco habitual, describe el gran drama que supone, no ya únicamente perder el territorio que generaciones de indios habían habitado sino convertir en moneda de cambio —es decir, en mercancía—, el entorno que antaño los había alumbrado y protegido: la naturaleza

Solamente 7 años atrás, y desde el otro lado del océano,  MarxEngels habían descubierto el motor que tiraba (¿?) de la humanidad desde tiempos inmemoriales y que arrasaría —especialmente desde mediados del siglo XX hasta la actualidad—  de manera implacable con la naturaleza, validando, desafortunadamente, el mito de Caín³: la lucha de clases. No es endeble nostalgia lo que queremos despertar con la reproducción del texto. Sólo acentuar la desventurada actualidad de un pensamiento que cada día se hace más necesario reivindicar:

«Nosotros somos parte de la Tierra»

El gran Jefe de Washington nos envió un mensaje diciendo que deseaba comprar nuestra Tierra. El Gran Jefe también nos envió palabras de amistad y de buena voluntad. Es una señal amistosa por su parte, pues sabemos que no necesita nuestra amistad. Pero vamos a considerar su oferta, porque sabemos que si no se la vendemos, quizá el hombre blanco venga con sus armas y se apodere de nuestra Tierra. ¿Quién puede comprar o vender el Cielo o el calor de la Tierra? No podemos imaginar esto si nosotros no somos dueños del frescor del aire, ni del brillo del agua. ¿Cómo él podría comprárnosla? Trataremos de tomar una decisión. Según lo que el Gran Jefe Seattle diga, el Gran Jefe en Washington puede dejarlo, del mismo modo que nuestro hermano blanco en el transcurso de las estaciones puede dejarlo. Mis palabras son como las estrellas, nunca se extinguen. Cada parte de esta tierra es sagrada para mi pueblo, cada brillante aguja de un abeto, cada playa de arena, cada niebla en el oscuro bosque, cada claro del bosque, cada insecto que zumba es sagrado, para el pensar y el sentir de mi pueblo. La savia que sube por los árboles, trae el recuerdo del Piel Roja. Los muertos de los blancos olvidan la Tierra en que nacieron, cuando desaparecen para vagar por las estrellas. Nuestros muertos nunca olvidan esta maravillosa Tierra, pues es la madre del Piel Roja. Nosotros somos una parte de la Tierra, y ella es una parte de nosotros. Las olorosas flores son nuestras hermana, el ciervo, el caballo, la gran águila, son nuestros hermanos. Las rocosas alturas, las suaves praderas, el cuerpo ardoroso del potro y del hombre, todos pertenecen a la misma familia. Por eso, cuando el Gran Jefe de Washington, nos envió el recado de que quería comprar nuestra Tierra, exigía demasiado de nosotros. El Gran Jefe nos comunicaba que quería darnos un lugar, donde pudiéramos vivir cómodamente. Él sería nuestro padre, y nosotros seríamos sus hijos. Pero, ¿será posible esto alguna vez?

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Dios ama a vuestro pueblo, y ha abandonado a sus hijos rojos. Él ha enviado máquinas para ayudar al hombre blanco en su trabajo, y construye para él grandes pueblos. Él hace que vuestra gente cada vez sea más poderosa, día tras día. Pronto invadiréis la Tierra, como ríos que se desbordan desde las gargantas montañosas, por una inesperada lluvia. Mi pueblo es como una corriente desbordada, pero sin retorno. No, nosotros somos de razas diferentes. Nuestros hijos no juegan juntos, y nuestros ancianos no cuentan las mismas historias. Dios os es favorable, y nosotros estamos como huérfanos. Meditaremos sobre vuestra oferta de comprarnos la Tierra. No será fácil, porque esta Tierra es sagrada para nosotros. Nos sentimos alegres en este bosque. No sé por qué, pero nuestra forma de vivir es diferente de la vuestra. El agua cristalina, que brilla en arroyos y ríos, no es sólo agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos nuestra Tierra, habéis de saber que es sagrada, y que vuestros hijos aprendan que es sagrada, y que todos los pasajeros reflejos en las claras aguas son los acontecimientos y tradiciones que refiere mi pueblo. El murmullo del agua es la voz de mis antepasados. Los ríos son nuestros hermanos, ellos apagan nuestra sed. Los ríos llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si vendiésemos nuestra tierra tenéis que acordaros, y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos -y los vuestros-, y que tendréis desde ahora que dar vuestros bienes a los ríos, así como a otros de vuestros hermanos

El Piel Roja siempre se ha apartado del exigente hombre blanco, igual que la niebla matinal en los montes, retrocede ante el Sol naciente. Pero las cenizas de nuestros antepasados, sus tumbas, son tierra santa, y por eso estas colinas, estos árboles, esta parte de la Tierra, nos es sagrada. Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de pensar. Para él una parte de la Tierra es igual a otra, pues él es un extraño que llega de noche y se apodera en la Tierra de lo que necesita. La Tierra no es su hermana, sino su enemiga, y cuando la ha conquistado, cabalga de nuevo. Abandona la tumba de sus antepasados y no le importa. Él roba la Tierra de sus hijos, y no le importa nada. Él olvida las tumbas de sus padres, y los derechos de nacimiento de sus hijos. Trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el Cielo, como cosas que se pueden comprar y arrebatar, y que se pueden vender, como ovejas o perlas brillantes. Hambriento, se tragará la Tierra, y no dejará nada, sólo un desierto. No sé, pero nuestra forma de ser, es diferente de la vuestra. La vista de vuestras ciudades hace daño a los ojos del Piel Roja. Quizá porque el Piel Roja es un salvaje y no lo comprende. No hay silencio alguno en las ciudades de los blancos, no hay ningún lugar donde se pueda oír crecer las hojas en primavera y el zumbido de los insectos.

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Pero quizá es porque yo sólo soy un salvaje, y no entiendo nada. La charlatanería sólo daña a nuestros oídos. ¿Qué es la vida si no se puede oír el grito solitario del pájaro chotacabras, o el croar de las ranas en el lago al anochecer? Yo soy un Piel Roja y no entiendo esto. El indio puede sentir el suave susurro del viento, que sopla sobre la superficie del lago, y el soplo del viento limpio por la lluvia matinal, o cargado de la fragancia de los pinos. El aire es de gran valor para el Piel Roja, pues todas las cosas participan del mismo aliento: el animal, el árbol, el hombre, todos participan del mismo aliento. El hombre blanco parece no considerar el aire que respira; a semejanza de un hombre que está muerto desde hace varios días y está embotado contra el hedor.

Pero si os vendemos nuestra Tierra no olvidéis que tenemos el aire en gran valor; que el aire comparte su espíritu con la vida entera. El viento dio a nuestros padres el primer aliento, y recibe el último hálito. Y el viento también insuflará a nuestros hijos la vida. Y si os vendiéramos nuestra Tierra, tendríais que cuidarla como un tesoro, como un lugar donde también el hombre blanco sepa que el viento sopla suavemente sobre las flores de la pradera. Yo soy un salvaje, y es así como entiendo las cosas. He visto mil bisontes putrefactos, abandonados por el hombre blanco. Los mataron desde un convoy que pasaba. Yo soy un salvaje y no puedo comprender cómo el caballo de hierro que echa humo, es más poderoso que el búfalo, al que sólo matamos para conservar nuestra vida. ¿Qué es el hombre sin animales? Si todos los animales desapareciesen, el hombre también moriría, por la gran soledad de su espíritu. Lo que les suceda a los animales, luego, también sucederá a los hombres. Lo que le pase a la Tierra, también les acaece a los hijos de la Tierra. Tenéis que enseñar a vuestros hijos que el suelo que está bajo sus pies tiene las cenizas de nuestros antepasados. Para que respeten la Tierra, contadles que la Tierra contiene las almas de nuestros antepasados. Enseñad a vuestros hijos lo que nosotros enseñamos a los nuestros: que la Tierra es nuestra madre. Lo que le acaece a la Tierra, les acaece también a los hijos de la Tierra. Cuando los hombres escupen a la Tierra, se están escupiendo a sí mismo.

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Pues nosotros sabemos que la Tierra no pertenece a los hombres, sino que los hombres pertenecen a la Tierra. Eso lo sabemos muy bien. Todo está unido entre sí, como la sangre que une a una misma familia. Todo está unido. Lo que le acaece a la Tierra les acaece, también, a los hijos de la Tierra. El hombre no creó el tejido de la vida, sólo es una hilacha. Lo que hagáis a este tejido, os lo hacéis a vosotros mismos. No, el día y la noche no pueden vivir juntos. Nuestros muertos siguen viviendo en los dulces ríos de la Tierra, y regresan de nuevo con el suave paso de la Primavera, y su alma va con el viento, que sopla rizando la superficie del lago. Consideraremos la posibilidad de que el hombre blanco nos compre nuestra Tierra. Pero mi pueblo pregunta: ¿Qué es lo que quiere el hombre blanco? ¿Cómo se puede comprar el Cielo, o el calor de la Tierra, o la velocidad del antílope? ¿Cómo vamos a venderos esas cosas y cómo vais a poder comprarlas? ¿Es que, acaso, podréis hacer con la Tierra lo que queráis, sólo porque un Piel Roja firme un pedazo de papel y se lo dé al hombre blanco? Si nosotros no somos dueños del frescor del aire, ni del brillo del agua, ¿cómo vais a poder comprárnoslo? ¿Es que, acaso, podéis comprar los búfalos cuando ya habéis matado al último? Consideraremos vuestra oferta. Sabemos que si no os la vendemos vendrá el hombre blanco y se apoderará de nuestra Tierra. Pero nosotros somos unos salvajes.

El hombre blanco que va buscando la posesión del poder, ya se cree que es Dios, al que le pertenece la Tierra. ¿Cómo puede un hombre apoderarse de su madre? Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestra Tierra. El día y la noche no pueden vivir juntos. Consideraremos vuestra oferta de que vayamos a una reserva. Queremos vivir aparte y en paz. No importa dónde pasemos el resto de nuestros días. Nuestros hijos verán a sus padres sumisos y vencidos. Nuestros guerreros estarán avergonzados. Después de la derrota pasarán sus días en la holganza y envenenarán sus cuerpos con dulces comidas y fuertes bebidas. No importa dónde pasemos el resto de nuestros días. No quedan ya muchos. Sólo algunas horas, un par de inviernos, y no quedará ningún hijo de la gran estirpe que en otros tiempos vivió en esta Tierra, y que ahora en pequeños grupos viven dispersos por los bosques para gemir sobre las tumbas de su pueblo, que en otro tiempo fue tan poderoso y lleno de esperanza como el vuestro. Pero ¿por qué entristecerse por la desaparición de un pueblo? Los pueblos están constituidos por hombres. Es así. Los hombres aparecen y desaparecen como las olas del mar. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios camina a su lado, y habla con él, como el amigo con el amigo, puede librarse del común destino. Quizá seamos hermanos. Esperamos verlo. Sólo sabemos una cosa -que quizá un día el hombre blanco también descubra-.

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Y es que nuestro Dios, es el mismo Dios suyo. Vosotros, quizá, penséis que le poseéis -igual que tratáis de poseer nuestra Tierra-, pero no podéis. Es el Dios de todos los hombres, lo mismo de los Pieles Rojas que de los blancos. Aprecia mucho esta Tierra, y el que atente contra ella significa que desprecia a su Creador. También los blancos desaparecerán, y quizá antes que otras estirpes. Continuad contaminando vuestro lecho y una noche moriréis en vuestra propia caída. Pero al desaparecer brillaréis por el fuego del poderoso Dios, que os trajo a esta tierra, y que os destinó a dominar al Piel Roja que en ella vive. Este destino es para nosotros un enigma Cuando todos los búfalos hayan muerto, y los caballos salvajes hayan sido domados, y el rincón más secreto del bosque haya sido invadido por el ruido de vuestras multitudes, y la visión de las colinas esté manchada por los alambres que transportan vuestras voces, cuando desaparezca la espesura, y el águila se haya ido, esto significará decir adiós al veloz potro y a la caza, el final de una vida y el comienzo de otra. Quizá podríamos comprenderlo si supiésemos qué es lo que sueña el hombre blanco, qué ideales les ofrece a sus hijos en las largas noches invernales, y qué visiones arden en su imaginación, pensando hacerlas realidad el día de mañana. Pero nosotros somos salvajes, los sueños del hombre blanco nos están ocultos, y porque nos están ocultos nosotros vamos a seguir nuestro propio camino. Pues ante todo, estimamos el derecho que tiene cada ser humano a vivir tal como desea, aunque sea de modo muy diverso al de sus hermanos. No es mucho lo que nos une. Consideraremos vuestra oferta.

Si aceptamos, es sólo por asegurarnos la reserva que nos habéis prometido. Quizá allí podamos acabar los pocos días que nos quedan viviendo a vuestra manera. Cuando el último Piel Roja de esta Tierra desaparezca y su recuerdo sea solamente la sombra de una nube sobre la pradera, todavía estará vivo el espíritu de nuestros antepasados en estas orillas y estos bosques. Pues ellos amaban esta Tierra, como ama el recién nacido el latido acompasado del corazón de su madre. Si os llegáramos a vender nuestra Tierra, amadla, como nosotros la amamos. Cuidad de ella, como nosotros la cuidamos, y conservar el recuerdo de esta Tierra tal como os la entregamos. Y con todas vuestras fuerzas, vuestro espíritu y vuestro corazón, conservadla para vuestros hijos, y amadla, tal como Dios nos ama a todos. Pues hay algo que sabemos, que Dios es el mismo Dios. Esta Tierra es sagrada para Él. Ni siquiera el hombre blanco se puede librar del destino común. Quizá somos hermanos. Esperamos verlo.


Notas de texto:
1. «A la Tierra cantaré, madre universal de sólidos cimientos, abuela venerable que nutre sobre su suelo todo lo que existe… A ti te corresponde dar vida a los mortales, así como quitársela…». (Homero)
2. «…la misma Tierra pare a todos los seres, los nutre y después recibe de nuevo el germen fecundo» (Esquilo)
3. No nos referimos a la idea clásica de los celos entre los dos hermanos, tan profusamente difundida, sino a la moderna interpretación que sugiere un paso de la sociedad nómada (Abel) a la sedentaria (Caín), germen de la evolución humana que acabará derivando en la lucha de clases.

Referencias:
ELÍADE, Mircea. Lo sagrado y lo profano. Barcelona: Labor, 1988.
ESQUILO, Coéforas, 478 a.C.
HOMERO, Himnos, s. VII a.C.

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